Podría decir que estoy triste, podría decir que estoy anonadado, pero no. No estoy ni triste, ni anonadado.
Nuestro pueblo sufrió mucho por personas que tenían la mentalidad del señor General Jorge Videla, pero eso no nos da derecho a celebrar su defunción.
Hoy, pasó a mejor vida el dictador fascista Jorge Videla. Digo a mejor vida porque acá no debía estar. Sus crímenes contra la sociedad demostraron la clase de persona que era. Y no importa si los otros eran terroristas que "atentaban" contra el Estado. Él atentó, no sólo contra el Estado mismo, sino contra las instituciones democráticas, contra las libertades, y sobre todo, contra el pueblo mismo
Digo esto porque, el festejo de una muerte remite a lo más bajo del ser humano. Nos hace estar a la altura de ese cobarde. Nos pone en la piel de extremista, de fachos, y de un montón de cosas desagradables.
Sé que a veces, es muy difícil permanecer en humanos templantes y no querer demostrar el regocijo causado por una noticia como esta. Pero eso, como bien ya he dicho, no nos ampara de creer en que la muerte es justicia, cuando no lo es. Y no lo es, porque él se murió sin decir a dónde están los 30.000 desaparecidos. Se murió sin decirnos si están muertos, dónde los dejaron, que hicieron con ellos, y también que hacían con los que se rehusaban a cooperar.
Como bien una vez talló en una piedra Domingo Faustino Sarmiento, en su exilio a Chile "On ne tue point les ideès", o, castellanizada, las ideas no se matan, bárbaros. No se matan porque no tenemos que festejar que se haya muerto. Como él, quedan miles de personas que piensan que la democracia es un dogma inútil. Como él, quedan miles que creen en la tortura y en la pena de muerte. Como él, quedan miles que creen que los militares siguen siendo la solución.
Puede que el título de a tono que soy un pro militar, pero no es la idea de ésto. La idea es que piensen en que siguen habiendo personas, padres, madres, hijos, adolescentes, que creen en el "con los militares no pasaban". Que piden a gritos la condena a muerte de personas, que van en contra de lo que un sistema democrático impone, proteger los derechos de todos los ciudadanos.
Tal vez, podría dar miles de "como él", tal vez no; pero lo que remarco es que nuestro regocijo, nuestra alegría, no debe radicar en su muerte.
Nuestra alegría debe radicar en la muerte de los ideales que representaba, en la muerte de ideales fascistas, en la erradicación de ideas antidemocráticas.
Tal vez sea difícil de entender, pero las muertes no se celebran. Videla pasó a ser, como nos va a tocar a todos, sólo polvo de lo que alguna vez fue, un hijo de puta.
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